Cae el telón

Increíble actor y perseguido amigo de lo ajeno, las peripecias del escurridizo Nanairo Inko llegan con esta tercera entrega a un final del todo inesperado.

Solo de la ingeniosa mente de Osamu Tezuka podía surgir una creación tan original y a la vez surreal. Mezclado con su joven pasión por las tablas del teatro, hecho que él mismo rememora en el texto que sirve como epílogo a este volumen; sirviendo como enseñanza de lo más didáctica para todos aquellos que no conozcan las obras representadas, o citadas, en todos y cada uno de los capítulos de este manga (Un tranvía llamado deseo, Otelo, Los 47 ronin…) y, por supuesto, haciendo gala de un humor tan personal como loco, que va a poner en más de un aprieto al protagonista.

Tan solo poner dos claros ejemplos: La extraña relación de amistad que le une a Tamasaburô, un pequeño perro con una personalidad arrolladora, que en muchas ocasiones, debido a los problemas en los que se mete (ay, es caída de ojos…), ya sea por enamoramiento o por un especial gusto por las bebidas alcohólicas, deja en segundo plano al atribulado Nanairo, que ya no sabe qué hacer con el can…

Personaje y creador, cara cara…

El otro sería esa pasión del autor, Tezuka, por todo lo psicológico. Y es que, aunque el protagonista es una especie de Robin Hood, que se beneficia de las riquezas de los más adinerados, a los que despoja de sus bienes, ya sean oro, dinero o joyas, el mangante comparte su quehacer cotidiano con unos curiosos seres surgidos de su agobiada imaginación, y que le traen de cabeza. Una loca familia que le acosa con sus travesuras, terribles y escatológicas, y que son nada más y nada menos que una representación gráfica, corpórea (aunque realmente solo existan en la mente de Inko) de la conciencia del protagonista, que al paso que va, es probable que termine en un frenopático.

Rizando el rizo, un grave problema físico que impide que Nanairo regrese a las tablas de los teatros hará que éste, mediante hipnosis, conozca y se enfrente a su “padre”, nada más y nada menos que el propio autor del manga que protagoniza.

Pero, de entre todas las historias contenidas en este tercer tomo, que seguro van a divertir a sus lectores, la que considero mi preferida, y tal vez la más importante de toda la colección, sea esa en la que finalmente el amo de las mil máscaras se despoje de sus disfraces para ofrecerse desnudo, reviviendo su pasado, del que hasta ahora no hemos conocido nada en absoluto… Y sabremos de su nombre real. Yôsuke, hijo de una acaudalado e inmisericorde industrial, que va a tener que recorrer un camino plagado de inconvenientes y problemas para finalmente resurgir como esa colorida ave en la que se inspiró para crear su ficticia personalidad, Rainbow Parakeet.

Tamasaburô, un perrete que va a meter en más de un embrollo al protagonista de este manga.

Pero como si de un juego de cajas chinas se tratara, la función de este relato contiene un misterio, una sorpresa que nos va a pillar a todos y todas con el paso absolutamente cambiado, revelando la verdadera identidad de un importante personaje de la trama, demostrando que Nanairo también tiene su corazoncito y, sobre todo que Osamu Tezuka es un auténtico genio de la ficción.

El telón se levantará una última vez para que Inko ejecute una nueva pirueta actoral, tal vez la más importante de su vida, dirigida sobre todo a esa persona que estuvo a punto de arruinar su futuro, y para el que ha preparado una sutil venganza.

Rainbow Parakeet 3

Autor: Osamu Tezuka

Tapa dura

Blanco y negro

560 págs.

35 euros

Planeta Cómic

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